Otra mirada sobre la inseguridad

On agosto 30, 2010, in Publicaciones, by admin
Luis Brunati (especial para ARGENPRESS.info) viernes 27 de noviembre de 2009
El termino “inseguridad” tiene, en la actualidad, un claro significado.
Si se nos anuncia que alguien va a hablar sobre seguridad no habría dudas: sabríamos que va a referirse a la problemática delictiva. En el mismo sentido, un Ministerio de Seguridad sería el encargado de conducir a la Policía y luchar contra el delito. Sin embargo, las cosas no siempre fueron así.
El vocablo “seguridad” es definido por el diccionario como “Calidad de seguro”, en tanto que “seguro” es definido así:
“Libre y exento de todo daño o riesgo. Indubitable y en cierta manera infalible. Firme, que no está en peligro de faltar o caer. Desprevenido, ajeno de sospecha. Seguridad, certeza, confianza. Lugar o sitio libre de todo peligro.”
De manera que, si nos atenemos a la simple definición del término, un Ministerio de Seguridad debería ocuparse del pleno empleo, la certeza de futuro, la previsión social y, en general, de todo aquello vinculado a la dignidad humana. Hacer de la sociedad un espacio deseable, promisorio, alcanzable, en lugar de tratar de impedir los efectos indeseables de una sociedad injusta.
Por extensión, el diccionario define otros dos vocablos:
“De seguridad” Locución adverbiativa que se aplica a los objetos y dispositivos que sirven para hacer segura una cosa. (Ej.: dispositivo o elemento de seguridad)
“Seguridad social” Legislación que protege a los trabajadores y sus familias de cualquier eventualidad.”
La lingüística estructural – y en especial la semántica – dan cuenta del significado no rígido y mucho menos definitivo de las palabras. De hecho, las palabras cambian su significado y esto resulta fácil de comprobar. Se diría que es una de las tantas experiencias de cambio sencillamente observable. Las palabras pueden ampliar o restringir su significación e incluso es posible verificar cambios desvinculados de su extensión. Algunos de los principales factores de cambio de significado de las palabras, tienen relación con la interacción de causales históricas, lingüísticas, sociales y psicológicas.
Pero está claro que, en su camino de evolución, las palabras no asumen el nuevo significado una vez agotado el anterior. No es ése el mecanismo. El nuevo significado es, en realidad, una resignificación. Una actualización del significado precedente.
Desde este razonamiento es posible advertir que al hablar de “inseguridad”, estamos haciendo referencia a muchas otras “inseguridades”. Es decir que, al hablar de “inseguridad”, en realidad estamos resignificando el término, una amplia gama de “inseguridades” que, en última instancia, tiende a abarcar el conjunto de significados que la psiquis social concluye sintetizando en una expresión determinada. En otras palabras, la nueva acepción de la palabra inseguridad, da cuenta de la inseguridad laboral, provisional, sanitaria, entre otras, sin dejar de incluir aspectos más complejos, de naturaleza institucional y existencial, es decir de horizonte.
Sin duda, son muchas y muy profundas las causas que inciden en un sentimiento como el de la inseguridad de horizonte y van desde la inseguridad producida por los aspectos indeseables generados por la fenomenal revolución tecnológica, generadora de más y más desempleo, hasta la superpoblación planetaria, la declinación de la incidencia religiosa en las distintas culturas o crisis terminal del concepto de “progreso permanente” en que se apoyó la modernidad.
La depredación no es sólo “ecológica” en el sentido que usualmente se asigna a ese término. La velocidad y voracidad de la ola depredatoria tiende a ser aceptada como un hecho irreversible, esparciendo la idea de que inevitablemente, todos habremos de ser alcanzados por sus efectos. Asistimos a ese espectáculo bajo diversas formas. La apropiación de los recursos naturales, “justifican” guerras. La pobreza y devastación que sufren determinadas regiones del planeta, tienden a ser “naturalizadas” del mismo modo que la opulencia y el despilfarro de otras. Las batallas épicas de otrora parecen haber sido substituidas en el imaginario colectivo, por la inmigración legal o ilegal.
Es curioso, pero cuando el que tiene más piensa en los desposeídos, sólo piensa en términos de alimentación y a lo sumo de salud. Pero en carne propia hasta el más insensible sabe que su inclusión demanda mucho más que pan y agua. Pan y agua no suenan a vida sino a castigo. Los habitantes de los grandes centros urbanos, es decir, donde se verifican los mayores niveles de inseguridad, somos más concientes que nadie de la fenomenal vidriera de bienes y servicios que ofrece el presente a quien pueda adquirirlos. En un contexto así, resulta obvio que los “planes sociales” pueden llegar a resolver el hambre, pero no el sentimiento de exclusión.
Comparar las imágenes de futuro que imaginaba el cine, la literatura, la plástica o la ciencia ficción durante el esplendor de la promesa inclusiva, es decir a mediado del siglo XX, con la idea de futuro que esas mismas expresiones ofrecen hoy, son suficientes para imaginar lo que siente el ser humano en el presente.
Los cambios se aceleran. En sólo 30 años la humanidad pasó de un horizonte de armonía, planificación y bienestar general a la idea de futuro caótico, sólo eludido por nichos del privilegio.
El 80% de la humanidad debe conformarse hoy con el 13% de los ingresos, mientras que el 20% más rico disfruta de 87%. Entre otras cosas, las tecnologías que ahorran tiempo de trabajo humano, ha generado una masa de población sobrante calculada en 2.000 millones de personas. El recalentamiento global, la contaminación de los suelos, el agua y el aire. La manipulación genética al margen de toda razón ética al impulso del afán de lucro y el arrasamiento de los bienes naturales, son algunos de los efectos inocultables del riesgo que corre el planeta mismo. Resulta obvio que el progreso ya no es más progreso.
Mientras el ser humano de los años ‘50 se percibía a sí mismo como generador de armonía, el ser humano actual comienza a pensar: “si no cambiamos, desapareceremos como especie”. Lúcida frase que hago mía pero en realidad pertenece Leonardo Boff.
La inseguridad en Argentina
Medir es comparar.
En un acto reflejo, realizado en forma automática y más a menudo de lo que advertimos, cotidianamente tomamos medidas necesidad de pensar en el proceso que implica. Las expresiones, casa grande, objeto pesado o gran sequía son simples comparaciones con otras tomadas como patrón. Es probable que en algún lugar de la memoria figure aún la definición de metro patrón generada por la Academia se Ciencias de Francia o alguna otra más moderna, pero lo importante es asumir que medir es siempre comparar.
Ahora bien, ¿con que unidad de medida asumida como patrón hablamos del incremento de la inseguridad presente? La respuesta es obvia: con la medida de inseguridad conocida, y lo cierto es que Argentina en general y los grandes conglomerados urbanos de nuestro país han tenido un alto estándar de seguridad.
Hasta no hace muchos años nos sorprendía saber que, en algunas grandes ciudades del mundo era riesgoso andar solo por la calle después de la caída del sol. Más aún, resultaba llamativo, una especie de contrasentido, que sociedades que tomábamos como ejemplo de evolución y desarrollo en otros sentidos (ciudades de EE.UU. y Europa por ejemplo), exhibieran una cara tan contradictoria en relación con el tema de la inseguridad. En principio, se podría decir que medir el desarrollo de una sociedad en función de sus logros materiales, no habrá de conducir a un resultado eficiente en términos de calidad de vida.
Lo cierto es que, mientras en otras deslumbrantes ciudades del mundo se tornaban riesgosas luego del ocaso, Buenos Aires se jactaba de tener una avenida que “nunca duerme”, librerías que no cierran y una intensa actividad social nocturna libre de riesgos. Durante largo tiempo el índice de seguridad de Buenos Aires y otras grandes ciudades del país fue muy alto. Es indudable que es ése y no otro el patrón de medida, la unidad de medida de nuestra inseguridad de hoy.
Dos preguntas se desprenden en forma obligada de esta consideración: ¿cuáles fueron las razones de aquellos niveles de seguridad? -y consecuentemente- ¿cuáles son las razones de los actuales niveles de inseguridad?
La respuesta es simple. Argentina pasó de 2,8% de subocupación y 3% de desocupación en 1974, al 20% y 21% respectivamente en 2002. En el presente, casi el 50% de la población activa trabaja en negro, se encuentra contratada en forma precaria o no tiene posibilidad de obtener empleo y el INDEC (cuyas estadísticas están seriamente sospechadas de manipulación) acaba de reconocer un índice de desocupación superior al 9% De una cobertura social que llegó a superar el 90% en 1974, hemos pasado a un presente en el cual esa cifra apenas supera el 20%, componiendo los jóvenes el sector más perjudicado.
En el área educativa no nos va mejor. Históricamente ubicados en los primero lugares en 2005, pasamos a ocupar el puesto 51 en una encuesta realizada entre jóvenes de 14 y 17 años de edad en 57 países realizada por la OCDE, organismo relacionado con UNESCO y UNICEF. Por debajo de Argentina se puede encontrar a Colombia, Túnez, Azerbaiyán Qatar y Kirguizistán. Entre otras cosas el estudio señala que el 50% de los jóvenes de la franja no están en la escuela (cursando el secundario).
Sin embargo, mientras la pobreza puede llegar a ser soportada en condiciones de equidad, no sucede lo mismo con la injusticia, sobre todo en ausencia de horizonte. La diferencia entre los salarios más bajos y más altos, que rondaba las 6 veces hace 30 años, hoy supera las 18 veces (valores real de mercado para el rubro construcción, tomando como base el salario de bolsillo en blanco, sumado todos los adicionales y descontado el correspondiente impuesto a las ganancias). Sin embargo, aunque la diferencia provoque asombro, para establecer la profundidad de la brecha en relación a quienes solo perciben planes sociales, esa cifra debe ser multiplicada por 2, o sea 36 veces.
Degradación de la Ley
Al exigir leyes más duras se está diciendo al mismo tiempo, “las leyes que tenemos, son insuficientes”, (leyes que prevén penas insuficientes o aplicadas con insuficiente rigor o ambas cosas). Por extensión deberíamos entender que se están demandando leyes de “temer”. En un lenguaje más presentable: leyes que por su propio peso infundan “respeto”. El reclamo de “mano dura”, hace lo mismo en relación los jueces y la policía. El conciente colectivo ha detectado el incumplimiento de la ley e imagina modos de hacerla cumplir, colocando la pena de muerte en el límite extremo de esa lógica.
Surge una pregunta obvia ¿La idea de que en Argentina la ley no se cumple, remite solo al ámbito del llamado “delito común”? Cuando analizamos la conciencia colectiva, ¿no sería razonable hacerlo en términos más amplios? La falta de respeto a las leyes y a la Constitución Nacional en su carácter de ley de leyes, ¿no compondrá entre los argentinos un fenómeno extremadamente más extendido de lo que nos animamos a pensar? ¿Será absolutamente inocuo que un presidente haya dicho por ejemplo? “Si decía lo que iba a hacer no me hubieran votado”, jactándose de haber burlado la soberanía popular ¿No tendrán efecto sobre la conciencia colectiva, las innumerables modificaciones a la Constitución y las leyes, con fines exclusivamente electorales y de ambición personal? ¿Qué efecto se supone que tendrán sobre la conformación de la psiquis social medidas tales como el veto presidencial a la Ley de Protección a los Glaciares, aprobada por casi unanimidad en ambas cámaras y el posterior cambio de voto de una gran cantidad de legisladores?
Los ejemplos en este sentido serían interminables. Con seguridad la mayoría de nosotros podría recordar hasta más de un caso donde no solo se dañó el respeto colectivo a la ley, sino que además, la burla a la ley originó algún perjuicio en carne propia. Pero cuidado, este fenómeno no se reduce al plano de lo político y el gobierno, que sin duda son quienes tienen mayor responsabilidad en relación al efecto pedagógico de la impunidad en el cumplimiento de la ley, hay ejemplos de este comportamiento en el ámbito empresario, impositivo, comercial, académico y hasta deportivo. Entre nosotros el quebrantamiento de la ley no paga.
Dónde estaban las voces que hoy reclaman leyes más duras cuando se hipotecaba la Nación, se hacían fabulosos negocios personales con las privatizaciones o se pretendía hacer creer que se había pagado la deuda externa. En este país se denominó “candidaturas testimoniales” a una escandalosa farsa, en la cual fuimos por Ley obligados a participar. Aquí, el enriquecimiento en la función pública, la corrupción y el tráfico de influencia, son moneda corriente. Porque no se reclama mano dura contra ese tipo de delitos ¿será que hay una ley de descuento por mayor?

“Primer mandatario” es quien tiene la primera y máxima responsabilidad en el cumplimiento de la voluntad del mandante, que es el pueblo. Pero en nuestro país, la picardía, la viveza, la especulación, el oportunismo, las “operaciones publicitarias” y la compra de conciencias, suponen estar en condiciones de sustituir a la ética, la vocación de servicio y la inteligencia: ¿Es posible imaginar que esto inversión de valores no habrá de acarrear consecuencias?

 

2 Responses to Otra mirada sobre la inseguridad

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  2. Rubén Cabrera dice:

    Coincido plenamente.

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